Como bien habréis visto en el título, hoy hablaré de la ouija, ese juego que parece inocente para pasar un buen rato entre amigos, ese juego con el que en apariencia nada malo puede ocurrir y si sucede, todo se asocia a una casualidad que, al poco rato, se es olvidada. Hoy os invito a que leáis una historia y más tarde una opinión, para que, en respuesta al título, seáis vosotros quienes juzguéis y elaboréis una respuesta.

Comencemos.

Año 1981, en un hogar muy humilde hay una joven bien formada, ya adulta ante los ojos de la ley y la cual se encuentra sola en ese hogar, pues sus padres tenían una cita nocturna que no podían rechazar. Aquella joven sola y aburrida, en un día como otro cualquiera, dónde se podía oler que, en una hora, como mucho dos, podría estallar una tormenta, decidió pasar un rato divertido. Cogió su mesa redonda y en ella dibujó el abecedario; un sí, un no, un hola, un adiós y los respectivos números que acompañaban la función. Después fue a la cocina con ilusión, ya que no era su primera vez en aquellas artimañas, pero si la primera vez en su casa y sola. De vuelta en la habitación, pronunció con el dedo sobre el vaso invertido, las palabras que iniciaban el juego, para luego, con ciertos nervios de emoción, preguntar;

-¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Al principio no hubo una respuesta, ni tan siquiera un sonido extraño, así que la joven repitió la pregunta. Segundos más tarde, nada ocurría y la desilusión estaba en su rostro, hasta que la sorpresa lo inundó al ver como el vaso se movía, contestando con un “hola”. Aquella chica no se lo podía creer, solo estaba ella y el vaso no lo movía su mano, sino la de algo que no estaba allí. El valor caracterizaba a la muchacha y decidió seguir hablando con aquel espíritu o lo que fuera que estuviera contestando a sus preguntas. Así pues, entablaron conversación durante un buen rato;

-¿Cómo te llamas? ¿eres un fantasma? ¿qué hay más allá? ¿en qué parte estás?

Infinidad de preguntas pudieronse llevar a cabo, más la conversación no se alargó durante mucho tiempo, puesto que, junto con el estruendo de un trueno seguido de una lluvia desmesurada, el ente, fantasma o llámese como cada uno guste anunció:

Lo siento, he de irme, se acerca algo maligno.

Ni el más valiente no hubiera palidecido ante aquellas palabras y la joven no tardó en cerrar el juego, correr a la cocina y coger todo aquello que las leyendas escuchadas con anterioridad podían protegerla de todo mal; ajos, cebollas, sal… Y en habitaciones contiguas, rebuscó para encontrar rosarios y crucifijos. Acto seguido la luz se apagó y temblando de pies a cabeza, cogió la primera vela que encontró y por hábitos de fumar, con un mechero la prendió. Corriendo como si el diablo estuviera detrás, fue a su habitación y puso la vela en su mesita de noche. Luego, se metió en cama y colocó con manos temblorosas el resto de utensilios. Bajo la manta que parece que de todo nos protege, recitaba palabras hacia un ser superior, para que la defendiera de aquel mal que el fantasma vaticinó que se acercaba. La madera crujía, el viento soplaba eufórico contra las ventanas y la lluvia más los truenos aterrorizaban. La joven no recuerda cuánto tiempo pasó desde lo que dijo el fantasma, hasta que la puerta de su casa se abrió y entraron sus padres, los cuales, con cara de duda, miraban a su asustada hija que les abrazaba temblando sin parar.

Después de aquel día, nada malo pasó. Solo algunos objetos cambiaban de lugar sin que nadie los moviera (o eso firmaban los tres residentes), otras veces los objetos desaparecían sin ninguna razón y aparecían en lugares tan recónditos del hogar que ni en sueños alguien había metido allí. Sin embargo, la joven aprendió la lección y jamás volvió a involucrarse en dichos juegos.

Está claro que este tipo de historias son difíciles de creer. Nosotros, como humanos, siempre buscamos encontrar un sentido lógico y coherente a los sucesos que nos ocurren. Admitir que relatos como éste son verídicos es aún más complicado, ya que, entre la sugestión a la que somos sometidos desde pequeños a que éste tipo de artefactos poseen cualidades sobrenaturales, nos expone a que el más mínimo (pero común) ruido, nos perturbe. Incluso la ropa que se suele tener encima de la silla, nos empieza a parecer algo malévolo contra lo que no podemos combatir y nos refugiamos en lo más infantil y poderoso a la vez; la ignorancia.

Si yo no le veo, él no me verá. Si yo finjo que no está ahí, él no estará. Yo, por mi parte, (y aunque la curiosidad me mata) prefiero no tentar a la suerte y me abstengo de probar estos artilugios. Después de todo, con el relato de mi madre, las miradas extrañas de mi gato y respiraciones en mi nuca estando sola, tengo suficiente respecto a este tema.